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martes, 24 de noviembre de 2015

Las curiosas ilustraciones que decoran el manuscrito de El Origen de las Especies

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Un pez con paraguas haciendo un “photobom” - Foto: Cortesía del Museo de Historia Natural de Nueva York y la Universidad de Cambridge

Un pez con paraguas y soldados montados sobre zanahorias y berenjenas son algunos de los dibujos que los hijos de Darwin pintaron en las páginas de “El origen de las especies”. El Museo de Historia Natural de Nueva York ha digitalizado estos curiosos garabatos incluidos entre las 45 hojas que se conservan del manuscrito original de la obra.

“Las hadas de la montaña” cuenta la historia de Polytax y Short Shanks, dos criaturas fantásticas que responden a la denominación del título. Ambas han perdido sus alas porque otra de su misma clase, pero de carácter malvado, se las ha cortado, y viajan de la luna al sol a través de un rayo de luz.

En la estrella, los dos personajes se encuentran con diferentes animales y plantas que se han adaptado a su entorno con peculiares características: “Los árboles no tienen hojas porque hace demasiado calor. Los pájaros tienen pelo en vez de plumas. Las flores tienen plumas en vez de pétalos y dentro de sus flores había pequeñas caras sonrientes”. Así describe uno de los hijos de Charles Darwin el escenario salido de su imaginación.

La historia no forma parte de un libro de relatos infantiles, sino que se incluye entre las hojas del manuscrito original de “El origen de las especies” (1859), la obra más conocida del científico inglés.

Cortesía del Museo de Historia Natural de Nueva York y la Universidad de Cambridge

Gran parte de este y otros trabajos que Darwin elaboró entre 1835 y 1882 (el tiempo que tardó en dilucidar su teoría de la evolución) están disponibles en formato digital en la web del Proyecto de los Manuscritos de Darwin.

La iniciativa, lanzada a finales del año pasado, es un esfuerzo conjunto del Museo de Historia Natural de Nueva York y la Universidad de Cambridge, en cuya biblioteca se encuentran los documentos en papel. Actualmente, la colección digital cuenta con 96.000 páginas, de las 600 que engloban “Sobre el origen de las especies” en su versión original, solo se conservan 45.

Además del primer garabato darwiniano del árbol de la vida, el manuscrito alberga en el reverso de algunas de sus hojas otros bocetos únicos: los de sus hijos. Junto con ellos, en esta especie de “cara B” infantil se encuentran también historias fantásticas como la que da comienzo al artículo y que suman un total de 111 imágenes y notas diseminadas entre los apuntes.

Cortesía del Museo de Historia Natural de Nueva York y la Universidad de Cambridge

Las pinturas y cuentos corresponden a principios de la década de 1840. En 1842, seis años después de volver de su viaje a bordo del HMS Beagle, Darwin se mudaba con su esposa Emma y sus dos retoños a una casa (conocida como Down House) en la campiña inglesa.

Allí, el naturalista terminó el libro que ha marcado un antes y un después en la biología: “El origen de las especies mediante la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha de la vida”, como reza el título original. En su nuevo hogar tuvieron también al resto de su descendencia: Emma dio a luz a diez hijos en total, aunque solo siete llegaron a la edad adulta.

Por aquel entonces, el papel no era un bien tan accesible como ahora, así que una vez enviada una copia del manuscrito a su editor, Darwin convirtió las páginas originales en hojas “en sucio” donde los pequeños podían pintar a sus anchas.

Cortesía del Museo de Historia Natural de Nueva York y la Universidad de Cambridge

En la sección dedicada a “La batalla entre frutas y verduras” se incluyen representaciones de soldados a pie o cabalgando sobre zanahorias y berenjenas. También trazaban y coloreaban la silueta de pájaros y mariposas y simpáticos peces con paraguas.

Los dibujos están hechos con lápices, tinta y acuarelas y representan mundos reales y ficticios, muchas veces relacionados con el trabajo de su padre. No en vano Darwin les permitía participar en sus investigaciones, recolectando para él insectos y plantas.

No se sabe con certeza cuáles de sus hijos fueron los artistas, pero al menos tres de ellos firman algunas de las obras: Francis, que se convirtió posteriormente en botánico, George, futuro matemático y astrónomo, y Horacio, que llegó a ser ingeniero. Un legado pictórico, reflejo de la cara más humana y familiar de Darwin, que también merece la pena conservar.

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