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jueves, 6 de marzo de 2014

YAMATO

[Fuente: https://www.facebook.com/SobreHombros]


Hace unos mil millones de años, mientras en los océanos de La Tierra la vida multicelular comenzaba apenas su campaña hacia la dominación global, en el planeta Marte – que ya para ese entonces había perdido los océanos que la evidencia sugiere alguna vez tuvo – se formaba un fragmento de roca.

Era una roca esculpida no por las poderosas fuerzas fluviales de las lluvias y los ríos, que tanto suelen alterar el paisaje de nuestro punto azul. Tampoco se trató del resultado de algún terremoto – ya que no existen placas tectónicas que posibiliten esta clase de movimientos en nuestro vecino rojizo. Más bien fueron los procesos atmosféricos – esas brisas suaves y tormentas rabiosas cargadas del ya famoso óxido de hierro – las que le dieron forma, en el curso de millones de años, haciendo de sus cicatrices testigos mudos del acontecer químico y geológico del planeta.

Eventualmente, el impacto inesperado de un meteoro expulsó a nuestro fragmento rocoso de su hogar planetario, haciéndolo flotar sin rumbo por el sistema solar, cargado con los secretos de un mundo perdido que nunca fue observado por humanos (pues aún no existíamos). En algún momento de los últimos 10 mil años, el viajero encontró su camino a La Tierra, y – como buscando un sitio que le recordara sus orígenes – se estrelló en el desierto helado de la Antártida. Hace 14 años, un equipo de científicos japoneses lo encontró, enterrado en el hielo.

Lo llamaron “Yamato”.

En un estudio publicado el mes pasado, investigadores del Laboratorio de Propulsión Jet de la NASA pusieron a consideración de la comunidad científica las formaciones que pueden ver en la fotografía – en un círculo rojo – observadas en Yamato. Estas pequeñas esferas enriquecidas en carbono, comenta el equipo, serían fuertemente asociadas a la actividad de microbios si se tratara de una muestra terrestre. Qué curioso – reconocen – es encontrarlas en una roca en la que está impreso el pasado olvidado del planeta Marte; sumándose a los otros indicios que en años recientes han generado sospechas sobre si alguna vez la vida luchó por su existencia en aquellos parajes, solo para fracasar estrepitosamente.

No se trata de evidencia incuestionable (podrían ser otros procesos – no biológicos – los causantes de estas formaciones microscópicas), pero el consenso es claro entre los investigadores: Marte era un lugar muy interesante en el pasado distante, no demasiado diferente de La Tierra de esa época.

Sea cual sea la verdad sobre la vida en ese planeta, la solución al misterio está allí, escrita en las grietas que recorren en silencio el rostro de los testigos.

Esperando ser leída.

lunes, 29 de octubre de 2012

Nuevas conclusiones sobre modo de vida de los Australopithecus afarensis.

 
Desde hace mucho se sabe que los Australopithecus afarensis, tenían la capacidad de caminar erguidos, ahora un nuevo estudio, sobre restos de otros ejemplares ha llegado a la conclusión que también poseían la capacidad de tener un modo de vida parcialmente arborícola.

Una investigación que publica esta semana la revista Science revela que estos antecesores del género Homo tenían la articulación del hombro orientada hacia arriba, lo que refuerza la hipótesis sobre su comportamiento arbóreo y demuestra sus semejanzas con los simios africanos modernos.

La morfología del omóplato está relacionada con los hábitos locomotores. Así, para comprender mejor el crecimiento y el desarrollo del Australopithecus afarensis, los investigadores estadounidenses han estudiado sus huesos del hombro.

En concreto han analizado el caso de Selam, un ejemplar juvenil de Australopithecus afarensis de unos tres años de edad encontrado en el yacimiento de Dikika (Etiopía) en 2000. Selam es conocida como “la hija de Lucy” por la proximidad geográfica de ambos fósiles, a pesar de que los restos de la niña de Dikika, con 3,3 millones de años, son más antiguos.
 


En primer lugar analizaron el desarrollo y la evolución de la forma del omóplato de los homínidos existentes, lo que les permitió conocer las diferencias morfológicas entre los ejemplares jóvenes y los adultos. A continuación, los científicos compararon los restos fósiles de los extintos australopitecos con los de otros homínidos como el Homo sapiens, el Homo ergaster y los géneros Pan, Gorilla y Pongo.

“Analizamos el omóplato de ejemplares adultos y juveniles de estas especies”, explican. “Esta aproximación nos ayudó a comprender mejor la influencia del sistema locomotor en la anatomía del hombro de los australopitecos”, recoge el estudio. Los resultados mostraron que existen dos formas distintas del omóplato tanto en los homínidos existentes como en los extinguidos.

Omóplatos orientados hacia el cráneo


Los primates africanos se diferencian de los humanos por una concavidad situada en la cabeza del omóplato que está orientada hacia el cráneo. Esta característica responde a su necesidad de distribuir el peso sobre la cápsula de la articulación del hombro mientras trepan y cogen los objetos, especialmente cuando su miembro superior sostiene alguna carga.

“Nuestro análisis demuestra que los australopitecos también tenían la articulación del hombro orientada hacia arriba”, explican los autores. Esto les permitió evitar el desplazamiento del húmero cuando se colgaban de los árboles. “Se trata de un rasgo característico de los animales suspensorios, que se balancean de un sitio a otro”, asegura la investigación. En cambio, la orientación de las articulaciones de los Homo sapiens era lateral y, además, necesitaron más tiempo de evolución para conseguir ese enfoque craneal.

Además, el estudio demuestra que los homínidos arbóreos, como Selam, tenían una fosa infraespinosa (el área cóncava de la zona posterior del omóplato) más estrecha que la de los humanos, lo que les permitía estabilizar la articulación del hombro durante la suspensión. “Muy probablemente estos homínidos, pese a ser bípedos, participaron en estrategias de comportamiento en las que trepar a los árboles se unía a su condición bípeda”, concluyen los expertos.

miércoles, 24 de octubre de 2012

NUEVO ESTUDIO REAFIRMARÍA “HIPÓTESIS DE LA ABUELA”

Un nuevo estudio publicado hoy en Proceedings of the Royal Society B, entrega nuevos antecedentes y provee de un soporte matemático, que reforzaría la “hipótesis de la abuela”,  planteada en 1997, por Kristen Hawkes y según la cual nuestros ancestros incrementaron su esperanza de vida, gracias a la ayuda de las abuelas, que colaboraron en la alimentación de los nietos.


Según la autora principal, Kristen Hawkes, de la Universidad de Utah, las simulaciones indican que la ayuda de las abuelas pudo alargar la esperanza de vida en primates hasta una esperanza de vida humana en menos de 60.000 años. Las chimpancés hembras rara vez viven hasta los 40 años; mientras que las mujeres humanas suelen vivir varias décadas más allá de sus años fértiles. Los resultados mostraron que los cuidados de las abuelas a sus nietos pueden aumentar en 49 años la esperanza de vida de los primates, en un “corto” período de tiempo evolutivo.

Según la “hipótesis de la abuela”, cuando las abuelas ayudan a alimentar a sus nietos, después del destete, sus hijas pueden engendrar más hijos en intervalos más cortos. Al permitir a sus hijas tener más hijos, unas pocas hembras ancestrales, que vivieron el tiempo suficiente para llegar a ser abuelas, pasaron sus genes de la longevidad a sus descendientes.

Fundamento matemático

Hawkes propuso formalmente la 'hipótesis de la abuela' en 1997, y ha sido objeto de debate desde entonces. Una de las principales críticas fue que la hipótesis carecía de fundamento matemático, algo que el nuevo estudio pretendía suministrar. A medida que los ancestros humanos evolucionaron en África, durante los últimos dos millones de años, el entorno cambió, haciéndose más seco, y disminuyeron los bosques. "Así que las madres tenían dos opciones", explica Hawkes, "ir en busca de bosques con alimentos disponibles para que los bebés destetados se alimentaran solos, o seguir alimentando a sus hijos después de que fueran destetados".

Este hecho favoreció que algunas mujeres, cuya edad reproductiva estaba terminando, intervinieran desenterrando tubérculos y abriendo frutos secos de cáscara dura para ayudar en la alimentación de los hijos destetados. Los primates que se quedaron cerca de las fuentes de alimentos para que las crías destetadas pudiesen alimentarse "son nuestros primos, los grandes simios", afirma Hawkes, mientras que "los que comenzaron a explotar recursos que las crías pequeñas no podían manejar, evolucionaron, gracias a la ayuda de las abuelas, hasta convertirse en seres humanos".

Paper
http://rspb.royalsocietypublishing.org/content/early/2012/10/18/rspb.2012.1751.full?sid=d0227120-fb7c-4a87-ac89-ecf886b91d7e